Un idealismo fácil, una nostalgia vaga

Mi primer desencuentro con la obra de Roberto Bolaño ocurrió en 2005. Azuzado por no recuerdo cuál persuasiva recomendación, compré dos novelas del chileno que, según había escuchado, estaban entre lo mejor suyo: Estrella distante (1996) y Los detectives salvajes (1998). Terminé con desinterés la primera, tan sencilla y breve, y no me dijo gran cosa. Con la segunda, un ladrillo de letra pequeña y apretada, fui menos heroico: la dejé luego de unas 120 páginas de irrelevancias, de listas y pasajes absurdos que me exasperaban como pocos libros lo habían hecho antes. Pronto me deshice de ambos ejemplares y ahí quedó mi relación con el único novelista chileno que podía rivalizar, decían las malas lenguas, con mi admirado Pepe Donoso e incluso superarlo según los entusiastas.

Pasaron los años y el prestigio de Bolaño no dejó de ir en ascenso. Escritores, críticos y lectores parecían haber llegado a un consenso: Bolaño era lo más importante que le había ocurrido a la novela latinoamericana luego del boom. Él solito era un nuevo boom, de acuerdo a la hipérbole de algunos. Declaraciones así eran tan frecuentes que la duda empezó a rondarme: ¿y si el equivocado era yo? ¿Y si, por impaciencia, falta de perspicacia o cualquier otra razón, no había sabido leer a Bolaño? ¿Podían tantos buenos lectores estar equivocados? Hasta Mario Vargas Llosa había aceptado aparecer en un documental dedicado a Bolaño para elogiarlo, aunque, como no me pasó por alto, mostraría alguna reticencia, como calificar Los detectives salvajes de gran novela pero enfatizar que se refería sobre todo a "esas primeras cien páginas".  En una entrevista de unos años antes había dicho lo mismo. No escribiría sobre la obra de Bolaño, además, a diferencia de lo que ha hecho con otros libros latinoamericanos que le han entusiasmado de forma manifiesta, como Soldados de Salamina y El olvido que seremos.

Volví a conseguir las dos novelas defenestradas y algunos otros libros centrales del autor. Luego de leer Nocturno de Chile, ese plomo sucinto, reincidí con la mejor de las voluntades en Los detectives salvajes. Esta vez no me iba a dejar vencer. Fuera mala o buena, llegaría hasta el final y me esforzaría por entender su presunta genialidad. Varias semanas después, cuando solo pude alcanzar la última hoja alternado su lectura con otros libros gratos, como los cinco tomos de cartas de Cortázar, este fue el juicio que, junto a la fecha y mi firma, estampé en la hoja de cortesía del ejemplar: “Sobrevaloradísima. Un ripio de 600 páginas”.

Al parecer, con Bolaño no hay términos medios: amor u odio. Si bien estoy entre quienes piensan que la alharaca en torno suyo es desproporcionada, respeto a quienes lo admiran: bien dijo Juan Marsé que la literatura es cuestión de gustos, es decir, de limitaciones. De todos modos, consigno mi asombro ante el hecho de que una novela tan floja y carente de interés se haya convertido en un libro emblemático de nuestro tiempo en lengua española.

Tres partes conforman el libro. La primera, ubicada en la Ciudad de México, es el diario que durante los dos últimos meses de 1975 escribe el joven Juan García Madero, estudiante de derecho y aspirante a poeta, que traba relación con el grupo del realismo visceral, cuyas cabezas visibles son Ulises Lima y Arturo Belano, ¿poetas?, los presuntos detectives a los que alude el título. La segunda parte, la más extensa de las tres, que abarca de 1976 a 1996, se compone de los testimonios de diversos personajes que alguna vez, en distintas ciudades, países y continentes, se cruzaron en el camino de Belano y Lima. La tercera parte es la continuación del diario de García Madero, quien a principios de 1976 acompañó a Sonora, en el norte de México, a los líderes del realismo visceral en búsqueda de la fundadora del movimiento, Cesárea Tinajero.

Un entusiasta y críptico Enrique Vila-Matas ha escrito que Los detectives salvajes es “un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del nuevo milenio”. Tan grandilocuente declaración merecería una explicación que no encuentro en el artículo de Vila-Matas. Luego de leer la novela, no puedo dejar de preguntarme en qué sentido es la novela de Bolaño constituye una ruptura respecto de Rayuela y sus contemporáneas. En cuanto a complejidad y ambición, Los detectives salvajes no se equipara con las grandes novelas del “boom”. A diferencia de las obras cumbre de Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes o José Donoso, Los detectives… no ofrece innovación formal alguna ni supone un reto intelectual para su lector. Estos rasgos no son indispensables, pero el libro se nos vende como rompedor. Es verdad que el tiempo de la novela está fragmentado, pero nunca al grado de exigir del lector una atención esmerada.

Ya que no es la innovación uno de los méritos del libro, ¿lo es la precisión, la belleza de su prosa, la tensión que la recorre? Yo diría que tampoco. Si bien soy de la idea de que una prosa desnuda de ornamentos puede ser muy eficaz a la hora de afectar al lector, la de Bolaño es monótona, deslucida, quizá porque esos mismos adjetivos podrían aplicarse a su materia narrativa. No parece esta una novela de ideas ni de efectos calculados con astucia, sino de ocurrencias, de llenar la página en blanco por llenarla, porque el vacío sería peor.

Si hay quienes hablan de las primeras cien páginas del libro como extraordinarias, a mí me parecen de las peores. Es difícil franquearlas, de hecho, para pasar a la segunda parte, que tiene incluso algunos momentos prometedores. No percibo en el diario de García Madero sino gratuidad y ligereza. En la vida del autor del diario parece no ocurrir nada digno de ser contado: conoce a los real visceralistas, tan pálidos e inocuos como él mismo, y se acuesta con algunas mujeres y escribe poemas que no conocemos, de modo que no podemos juzgar su importancia, y transcribe listas de libros sin relevancia para la trama y una bobísima clasificación de poetas en categorías como maricones, maricas, mariquitas y locas. Al final, se va a Sonora con Belano y Lima siguiendo el rastro remoto de Cesárea Tinajero. Como aún no sabemos qué motiva esa búsqueda, tenemos la esperanza de que en los siguientes apartados se nos brinde una revelación convincente.

La segunda parte presenta líneas narrativas que resultan sugerentes, pero que no suelen encontrar su justo desarrollo. Por ejemplo, el fragmento narrado por la uruguaya Auxilio Lacouture, ampliado en Amuleto, es notable en su intensidad; sobre todo, el pasaje del encierro de Auxilio en un baño de la UNAM mientras afuera el ejército detiene estudiantes a diestra y siniestra, y en Tlatelolco se perpetra la matanza del 2 de octubre de 1968. Ese pasaje sin continuación tiene nulos nexos con las “aventuras” de Belano y Lima, y si bien vale por sí mismo, en el conjunto de la novela desentona y parece forzado.

Se nos oculta en este segundo apartado el viaje a Sonora de los detectives: los vemos volver del norteño estado y luego andar por el mundo, de modo que Cesárea sigue siendo un enigma, sobre todo por los testimonios de Amadeo Salvatierra, quien les muestra a Belano y Lima el último “poema” (¿?) que se conserva de Cesárea. La poeta es, pues, el motor que mueve la intriga del libro. La debilidad más visible de este apartado es la profusión de narradores que terminar por no decir casi nada importante de los "salvajes". Entre tantas palabras dichas sobre Belano y Lima no alcanzamos a entender sus motivaciones profundas, ni siquiera la naturaleza de la amistad que los une: todo se queda en la superficie y el libro empieza a lucir como un acto de exhibicionismo, un homenaje que su autor se rinde a sí mismo –basta revisar someramente la biografía de Bolaño para ver cuánto hay de su propia vida en esta novela. La premisa es válida, por supuesto (obligado, citar aquí a Proust y su En busca del tiempo perdido), pero a su ejecución en Los detectives… le faltó mucha autocrítica y le sobraron centenas de páginas.

La tercera parte dedica varias de sus primeras páginas a la enumeración de tropos literarios con sus respectivos significados. Desde esa manera se nos anuncia el páramo que sigue: vueltas en coche por todo Sonora en busca de Cesárea Tinajero y descripciones de carreteras y lugares sin ninguna relevancia. El final es a tal grado truculento e inverosímil que uno no sabe si llorar o reírse.

En su compilación de conferencias El novelista ingenuo y el sentimental, el premio nobel de literatura Orhan Pamuk se refiere al concepto de centro en la novela, ese eje que da unidad, coherencia y sentido a lo narrado, que no debe ser ni demasiado oscuro ni demasiado claro y que el lector busca, de manera consciente o inconsciente, desde que accede a las primeras páginas del libro en cuestión. “Las grandes novelas”, agrega Pamuk, “crean la ilusión de que el mundo posee también un centro”.

El problema mayor que advierto en Los detectives salvajes es que la gratuidad y ligereza de muchos de sus episodios tornan difícil encontrarle un centro que no sean un idealismo fácil, una nostalgia vaga. Flaco favor le hizo Ignacio Echevarría al libro cuando escribió que era “el tipo de novela que Borges hubiera aceptado escribir”. Sospecho que Borges se habría horrorizado ante tal calumnia: si tenía o fingía reservas ante la novela como género era por sus ripios, y en Los detectives salvajes abundan, si no es que constituyen su materia prima. En cuanto a la prosa, la de Borges suele cortejar la precisión; la de Bolaño navega en la orilla opuesta.

*También ha escrito contra Bolaño Alberto Olmos: "Bolaño y yo: la historia jamás contada".